Cabo de Gata, situado en el extremo sudoriental de la provincia de Almería, constituye uno de los territorios más singulares del litoral español tanto por su valor natural como por su trayectoria histórica. Su origen volcánico, único en la Península Ibérica, ha condicionado el paisaje, los asentamientos humanos y las actividades económicas desarrolladas a lo largo de los siglos. Este espacio, hoy ampliamente reconocido por su conservación, fue durante milenios un lugar de paso, refugio y explotación de recursos naturales.
Los primeros indicios de presencia humana en Cabo de Gata se remontan a la Prehistoria, como demuestran restos arqueológicos hallados en distintas zonas del parque. Posteriormente, fenicios y cartagineses utilizaron la costa como punto estratégico para la navegación y el comercio, atraídos por la riqueza minera de la región. Los romanos continuaron esta actividad, explotando minerales como el oro y la plata, y denominaron al lugar Promontorium Charidemi, destacando su relevancia geográfica dentro de las rutas marítimas del Mediterráneo occidental.
Durante la Edad Media, Cabo de Gata adquirió un importante papel defensivo debido a su exposición a ataques piratas y conflictos marítimos. Se levantaron torres vigía y fortificaciones costeras para proteger a la población y controlar el litoral, muchas de las cuales aún se conservan como elementos patrimoniales. El nombre actual del cabo deriva del término árabe Qab al-Gat, relacionado con la abundancia de ágatas en la zona, un reflejo más de su riqueza geológica.
Es decir, el territorio de Cabo de Gata adquirió una nueva dimensión estratégica vinculada al control del litoral y a la defensa frente a incursiones marítimas. Bajo dominio andalusí, la zona se integró en las redes económicas y defensivas de Al-Ándalus, aprovechando sus calas y ensenadas como refugio natural. Tras la conquista cristiana, el área sufrió un progresivo despoblamiento debido a la inseguridad provocada por la piratería berberisca, lo que motivó la construcción de torres vigía y fortificaciones costeras destinadas a la vigilancia y protección del territorio, muchas de las cuales aún se conservan como testimonio de este periodo histórico.
En la Edad Moderna y Contemporánea, Cabo de Gata mantuvo una economía basada en el aprovechamiento de recursos naturales, destacando la actividad salinera, la pesca y, de forma puntual, la minería. Sin embargo, el aislamiento geográfico y las duras condiciones climáticas limitaron su desarrollo demográfico e industrial, favoreciendo la pervivencia de un paisaje prácticamente inalterado. Esta circunstancia permitió que, en el siglo XX, se reconociera su excepcional valor ambiental y cultural, culminando con su declaración como espacio protegido. Hoy, Cabo de Gata representa un ejemplo singular de equilibrio entre patrimonio natural e histórico, donde la huella humana se integra de manera respetuosa en un entorno de gran relevancia ecológica y paisajística.
A partir de la Edad Moderna, la actividad humana se centró principalmente en la pesca, la agricultura de subsistencia y la explotación de recursos naturales como la sal y el esparto. Especial relevancia tuvo la minería en enclaves como Rodalquilar, donde la extracción de oro alcanzó su máximo desarrollo entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX. El posterior abandono de estas explotaciones marcó el inicio de un periodo de despoblación y escasa intervención humana en gran parte del territorio.
Este aislamiento involuntario permitió la conservación de un paisaje prácticamente intacto, ajeno al desarrollo urbanístico intensivo que afectó a otras zonas del litoral mediterráneo durante el siglo XX. La combinación de clima árido, suelos volcánicos y cercanía al mar dio lugar a ecosistemas únicos, con especies vegetales y marinas de gran valor científico y ambiental, así como a un paisaje de fuerte identidad visual.
En la actualidad, Cabo de Gata-Níjar es reconocido como uno de los espacios naturales mejor conservados de Europa, protegido por diversas figuras de conservación nacionales e internacionales. Su historia, marcada por la adaptación del ser humano a un entorno extremo, convive hoy con un modelo de desarrollo basado en la sostenibilidad, el respeto al patrimonio histórico y la puesta en valor de un legado cultural y natural que sigue atrayendo a investigadores, visitantes y amantes del Mediterráneo.